En memoria del maestro, 3 años sin F* Ibáñez
La tarde del 15 de julio de 2023 se me quedó grabada en la memoria con una nitidez asombrosa. Íbamos de camino a Rota a pasar unos días de vacaciones en familia. Yo iba en mi mundo, escuchando música con los cascos puestos, ajeno al ruido del coche. En la radio sonaba una emisora cualquiera cuando llegó el momento del noticiero. Justo al final, en la sección de última hora, el locutor anunció: "Ha fallecido...". En ese milisegundo, una corazonada fortuita, algo dentro de mí, me dijo: "Quítate los cascos y escucha, que esto es importante".
Y vaya si lo era. Al quitármelos, escuché la noticia que nunca hubiera querido oír: se nos había ido Francisco Ibáñez.
Para mí, Ibáñez era muchísimo más que un maestro absoluto. Él fue, literalmente, mi escuela: yo aprendí a dibujar con sus tebeos. Es verdad que con los años uno va descubriendo, estudiando y absorbiendo otros estilos y autores influyentes que te van moldeando, pero el suyo fue el primero, el que caló más hondo y de quien más aprendí.
Me dolió en el alma su partida. Como dibujante de tebeos, nunca tuve la suerte de conocerlo en persona, y siempre me quedará esa espinita clavada de no haberme podido llevar a casa, al menos, uno de sus álbumes con su mítica firma y ese Mortadelo rápido que dibujaba a sus lectores. Pero, a falta de su firma en mi estantería, sentí que le debía una respuesta con la mía.
En mi faceta como ilustrador y humorista gráfico, siempre he intentado que mis dibujos respiren vida, cercanía y, sobre todo, una sonrisa. E Ibáñez era el rey indiscutible de eso. Ese dinamismo indomable, la expresividad exagerada, el detalle escondido en cada esquina de la viñeta y esa bendita capacidad de hacer que te rías a carcajadas con el golpe más absurdo son lecciones que se te quedan grabadas a fuego en las manos cuando te has criado analizando e imitando su estilo para aprender el oficio.
Al llegar de nuestras vacaciones a casa, con el impacto de la noticia aún fresco, sentí la necesidad imperiosa de coger los lápices. No quería hacer un homenaje triste, solemne o apagado. Ibáñez nos regaló décadas de carcajadas, y la mejor manera de honrar su memoria era precisamente esa: haciéndole sonreír allá donde esté, con un jaleo de los suyos.
Así nació esta ilustración.
Imaginé la llegada de sus personajes al cielo, pero, por supuesto, al estilo de la mítica T.I.A.: un absoluto desastre. En el dibujo plasmé a Mortadelo vestido de ángel, tocando la lira con su habitual parsimonia, con una túnica azul que termina en una falda de volantes naranja con lunares amarillos; quise representar con ello esa diversión, la ridiculez y la maravillosa estupidez que solían tener sus disfraces.
Mientras tanto, el pobre Filemón cae en picado, completamente indignado. Como todos van al cielo vestidos de ángel, él lleva sus alas en la espalda, pero al ser un "disfraz" de Mortadelo, este se las ha colocado del revés. En lugar de impulsarlo hacia arriba, Filemón planea sin control, torciéndose inevitablemente hacia abajo en una caída libre hilarante. Para rematar el caos, no podía faltar el clásico ratoncito travieso de fondo, que en esta ocasión está encendiendo un cartucho de dinamita amarrado directamente a la cola de un gato angelical que reza ajeno al peligro.
Para mí, esta viñeta fue un desahogo y un agradecimiento infinito. Fue mi manera de decirle: "Gracias por tantas páginas, maestro. No pude tener tu firma en mis tebeos, pero aquí tienes la mía en tu honor".
Aunque él ya no esté para empuñar el lápiz, los que crecimos, nos reímos y, sobre todo, aprendimos a dibujar con sus páginas, seguiremos manteniendo viva su chispa en cada trazo que hagamos. Porque el legado de Ibáñez no se ha borrado; sigue muy vivo en la punta de nuestros lápices.
También os dejo el proceso de dibujo que está subido a mi canal de YouTube. Si no funciona el vídeo puedes verlo en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/shorts/_iQILy9R38M
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